UN DÍA VIVIDO

Dr. Hassan Bachir Sbai.

Soy médico en el Hospital Público de los Campamentos de Refugiados Saharauis en el desierto Argelino, estoy acostumbrado a llegar temprano a mi trabajo a pesar de la difícil situación de transporte que existe para llegar a mi centro, pero un día no encontré un medio de transporte para llegar rápido, y al entrar al hospital una persona empezó a pedirme explicaciones al respecto. Aun así me incorporé inmediatamente a la sala de urgencias para comenzar mi guardia y observé que habían pacientes esperando para ser atendidos, de los cuales también recibí reclamaciones. Por supuesto que eran lógicas, pero por mucho que quise explicar la situación de mi demora no lo entendieron. Ahora me pregunto: ¿Acaso no tenemos derecho los médicos a tener estos tipos de incidencias? En muchas ocasiones, cuando tenemos mucho trabajo u otro tipo de actividad y atendemos a los pacientes no se quejan, ¿por qué razón ante esta situación reaccionaron así? Como cuando no hemos descansado y llevamos horas de trabajo y aun así los atendemos, pero no son capaces de decirnos: «¡váyase usted a descansar!» Me pregunto si acaso esta pequeña situación que viví no pudo ser entendida, al final llegué y estaba listo para atenderlos. Ante esta circunstancia vivida me puse a recordar que en reiteradas ocasiones estuve trabajando enfermo, así como en otra ocasión que de tanto ir al hospital con amigdalitis me dio una neumonía, sin embargo nadie fue consciente de esto, y ahí estaba yo atendiéndolos con mi mejor interés y profesionalidad. No obstante, en su momento tuve la necesidad de ausentarme por mi enfermedad cogiendo algunos días para mi restablecimiento de salud, por supuesto esto causó la rabia generalizada de los pacientes con horas programadas, quienes no podían entender que yo no apareciera y que estuviera días en ese estado de salud. Sin embargo, me reincorporé sin estar recuperado totalmente para no dejar de atender a mis pacientes, qué ironía, ¿verdad?
Ante la realidad de vivir sin comer, sin enfermarse, sin dormir y sin tener un salario es comprensible que los profesionales de la medicina prefieran no trabajar o emigrar a otro país dejando su idiosincrasia y su sociedad, para poder tener mejores condiciones económicas y de vida, si tenemos en cuenta que los médicos saharauis en los campamentos somos voluntarios y solo recibimos un estímulo de menos de 90 euros al mes y lo recibimos cada tres meses. Por eso no es raro encontrar en el Sahara un médico vendiendo en el mercado de fin de semana o dando clases en un escuela, o en un campo de minas anti personas para mejorar su ingreso.
A esto se agregan dos características de nuestra profesión sumamente desconcertantes para los pacientes: La primera es que en medicina se trabaja por probabilidades (no certezas) y a veces, nos equivocamos. Sí, así como leen, los médicos como todo ser humano nos equivocamos, no somos máquinas programadas, somos humanos con los mismos problemas que los demás y nos equivocamos como puede equivocarse un arquitecto, un ingeniero o un obrero cualquiera. Esto último no significa ser negligente, o sea, no es que pasemos por alto el gran signo PARE tatuado en la frente del paciente; a veces las probabilidades son más a favor de la enfermedad A y no de la B…, pero igualmente la B era la correcta. Es como cuando gana el equipo de fútbol menos favorito, nadie pensó que iba a ganar y usted apostó que así no pasaría y a veces, sí pasa. La segunda, es que nadie quiere ir al médico, nadie quiere estar enfermo, pensar en una vida sin salud y menos sentir que se gastó el dinero en algo tan negativo como tomar un montón de pastillas. La visita al médico es algo que (hasta los médicos) preferimos no recordar; claramente prefiero gastar dinero en unas vacaciones que en pagar una consulta médica. En un caso pago por disfrutar, en el otro pago por algo que preferiría no tener que sobrellevar. Todo esto hace que las personas no relacionadas con el ámbito médico miren a los profesionales de la salud con cierto recelo natural, (no son todos) pero algo ha sucedido que ha convertido ese recelo en rabia. Las personas han pasado sus frustraciones del sistema de salud a los médicos, dado por la falta de medicamentos y de especialistas, sin tener en cuenta que dependemos de la ayuda humanitaria. Hay que recordar que los médicos solo pueden atender a un máximo de pacientes al día y que no tenemos la culpa de los fallos del sistema de salud. A eso se suma que no hay medios de diagnósticos, a veces hay que trasladar a los pacientes y a sus familiares a otros países, lo que es muy incomodo para todos. Últimamente han salido a la luz artículos sobre posibles negligencias, y las personas, sin tener los conocimientos, técnicos o a veces solo porque se les ha contado un lado de la historia, saltan al cuello de ese médico, al que no conocen y que, claro, se equivocó. Si se equivocó negligentemente queda para discusiones caso a caso, pero la cosa es que se equivocó. Esto ha sido tan frecuente que me da un poco de angustia pensar, ¿y si yo me equivoco?
Si yo, luego de pasar horas estudiando en mis ratos libres, de dedicar tiempo en el hospital, eligiendo ser parte de la salud pública del país, me equivoco, ¿me preguntarán el por qué de mi error o me juzgarán sin conocerme? Y si en el futuro, por razones económicas decido trabajar en el sector privado (ya que los médicos tenemos hijos a quienes alimentar, familia a la que cuidar, deudas que saldar) y me equivoco, ¿podré sobrevivir al escarnio público de los seres anónimos de las redes sociales? Lo llevo a la reflexión ¿Por qué en nuestra sociedad cuándo falta alguien a una oficina en nuestras instituciones públicas no pasa nada…? y sin embargo, ¿cuándo falta o llega tarde un médico a su consulta todos enjuician ese acto? ¿Será justo esto?