La vuvuzela de las movilizaciones argelinas y el silencio de los huéspedes saharauis

Por Lehdía Mohamed Dafa
Han pasado seis semanas desde que la ciudadanía argelina se lanzó a la calle para expresar su hartazgo de un régimen, “le Pouvoir”, decrépito, depredador y obsoleto ideológica y políticamente.
En estas seis semanas, los medios de comunicación de todo el mundo, muchos analistas y un sinfín de activistas argelinos en las redes están informando y debatiendo la evolución de unos acontecimientos que ya pueden considerarse históricos. Representantes políticos de todas las tendencias, opositores al régimen, sindicalistas, economistas, académicos, distintos profesionales, blogueros, etc… reportan las causas de este sorpresivo y masivo descontento popular y de unas manifestaciones, no solo pacíficas sino que en algunos casos llegar a tener un aire hasta festivo y satírico, que tratan de poner punto final a un régimen, que ya a nadie parece representar. Estas son algunas de sus líneas argumentales:
Argelia es un país sumido en el caos y el colapso institucional desde hace décadas. Las causas son las permanentes luchas e intrigas internas de distintas camarillas del régimen por el pastel del poder, cuyo trozo más suculento siempre se lo han quedado los militares. Se suele decir que “todos los países tienen un ejército, menos Argelia, donde un ejército tiene un país.”
La separación de poderes, para que unos puedan servir de contrapeso control de otros, siempre ha sido una quimera. La soberanía popular, que menciona el artículo 7 de la Constitución, es un título vacío.
La sinrazón del estancamiento económico y la pobreza, que empuja a millones de argelinos a la emigración hacia Europa de un país rico gracias a sus ingentes reservas de hidrocarburos, con una población joven (el 70% tiene menos de 30 años), tienen causa en la corrupción endémica y la apropiación de un régimen que trata de mantener su legitimidad en el pasado de la lucha anticolonial y en la superación de la cruenta guerra civil tras la victoria del FIS.
Los ciudadanos, hartos de aguantar y de sufrir en silencio, han dicho basta. No parecen dispuestos a dar margen para que el régimen reajuste los equilibrios de poder y seguir como hasta ahora en una “nueva” etapa post-Bouteflika. Han perdido el miedo, sienten su poder al ocupar las calles y ver como aparecen fisuras entre las distintas familias de “le Pouvoir”. La lección aprendida de las primaveras árabes preside una ausencia de violencia con la que tratan de evitar la deriva que tomaron los acontecimientos en países como Libia, Siria o Yemen. Reclaman una Segunda República; una transición democrática y la reconciliación nacional mediante el consenso de las principales fuerzas políticas; un Estado de derecho, democracia, respeto a las libertades individuales, para llevar una vida con dignidad. Y rechazan cualquier tipo de injerencia externa en la solución de su conflicto.
Ahora todo depende de múltiples factores, que van desde las estrategias de los líderes de un movimiento, que de momento mantienen un perfil bajo, hasta de la posibilidad de que algunos sectores del régimen, incluidos algunos militares, consideren que lo que mejor garantiza sus intereses es colocarse del lado de los manifestantes y abordar decididamente las profundas reformas que se proponen, evitando una confrontación de imprevisibles consecuencias para el país.
Y mientras el clamor popular argelino, como una vuvuzela, llena las calles y plazas del país por sexto viernes consecutivo, apenas se oyen declaraciones o análisis de los dirigentes saharauis o de la legión de propagandistas; en especial de la repercusión que los acontecimientos podrían tener en los campamentos de Tinduf y en el futuro de la causa. De momento la vida en los campamentos sigue como si tal cosa, es decir: cada familia inmersa en su lucha diaria por la supervivencia, en la inmensa mayoría de los casos totalmente ajena a la política. Nuestros dirigentes han optado por un mutismo absoluto, como si no tuviéramos nada que ver con Argelia. Todos mantienen un perfil bajo, se podría decir que hasta neutro. Solo en las redes sociales se oyen numerosos rezos por el futuro de Argelia.
Es difícil de predecir cómo puede evolucionar la situación y los efectos que tendrá en los saharauis, pero quizás se podrían hacer algunas conjeturas… Si Argelia fuese encontrando una vía para una transición democrática y pacifica, que reformase las estructuras del régimen como fruto de la presión popular, acompañada en el viaje por sectores desgajados del poder, sería no solo una gran noticia sino un referente para otros países árabes aquejados de los mismos males, pero sobre todo, inevitablemente, podría producir un efecto de mímesis entre los saharauis de los campamentos. Hay muchas, muchísimas mas similitudes de lo que pueda parecer entre “le Pouvoir” argelino y el Frente Polisario. Algo que merecería un análisis pormenorizado en algún futuro artículo. Sería, en ese caso, un revulsivo total que obligaría a una profunda renovación de la septuagenaria dirigencia saharaui acostumbrada a prácticas políticas de muy baja calidad democrática y a patrimonializar las instituciones. Con dicha renovación cabe la posibilidad de que se creen las condiciones para el desarrollo de nuevas iniciativas políticas, que nos saquen del atolladero de la historia en la que estamos sumidos.
Pero tampoco hay que olvidar que el ejército argelino tiene un poder omnímodo, y si ve que la situación se les va de las manos, aprovechando cualquier quiebra de la legalidad, algún general acabe imponiendo una solución al modo de Al-Sisi, abandonando poco a poco la parafernalia del Frente Nacional de Liberación y disponiendo de mucha más discrecionalidad a la hora de fijar políticas y alianzas internacionales. En este caso, para los saharauis la situación sería mucho mas incierta…. Así que habrá que desear a nuestros hermanos argelinos la mejor de las suertes y un futuro de paz y prosperidad; porque además así, los saharauis podríamos tener la ventana de oportunidad para soñar con abrir nuevos escenarios y nuevas políticas, que tanto necesitamos y nuestro sacrificio merece.
Madrid, 30 marzo 2019