Yo vi con mis propios ojos

A mediados de la década de los setenta, durante mi lejana infancia, en la madrugada de una noche tenebrosa, toda mi familia tubo que abandonar El Aaiun, bajo un diluvio de bombas. Yo vi la gran tristeza reflejada en los semblantes de los mayores. Vi cuando más de una decena de mis familiares se amontonan en la carrocería de un viejo Land rover, guiados por dos hombres que andaban a pie frente al coche, linternas a mano. No podían mantener los faros del automóvil encendidos por temor a ser descubiertos por las tropas marroquíes que invadían la ciudad en aquel trágico momento. Yo vi con mi ojos infantiles a soldados marroquíes calentándose a una gran hoguera , gesticulaban, se paseaban y se abrazaban felices,  cuando miles de saharauis lloraban y huían aterrados dejando atrás a sus casas, bienes y algunos de sus seres queridos.
Durante mi camino hacia el lejano exilio, yo vi a mucha gente caminando a pie, montados en burros o camellos. Yo oí a temerosas historias contadas por niños y mujeres que huían de los bombardeos de la aviación marroquí en las ciudades de Amgala, Emdraiga y Tifariti. Toda aquella multitud de civiles  viajaban de noche y se escondían de día entre las rocas y bajo los árboles para no ser descubiertos  de nuevo por los aviones militares. Al llegar a los recién constituidos campamentos de refugiados cerca de Tinduf vi a muchos niños enfermos sin medicina para remediar su dolor, vi a mujeres haciendo ladrillos de barro para construir escuelas y despensarios a sus hijos en ausencia total de los hombres, salvo unos pocos ancianos. Cada día se escuchaban gemidos de dolor en el campamento de las madres que habían perdido sus hijos en el campo de batalla. Yo vi a los heridos de querra que se paseaban apollandose en sus maletas orgullosos de sus heridas como si fuesen grados militares de alto rango. Yo vi como sufrían los refugiados durante el verano sometidos a temperaturas que superan los 50 grados durante los días de verano y a pesar de  aquéllas duras condiciones climatológicas cumplían con el sagrado Ramadán.
Yo vi a muchos refugiados que abrían sus manos para duplicar a Dios volver a su tierra, aunque sea tan solo poder ser enterrados junto a sus ancestros. Yo vi a niños crecer en en el exilio sin juguetes ni bicicletas, a los que se les robó la infancia y que actualmente son padres incluso abuelos. Yo vi a muchos ancianos mirando al lejano horizonte, extrañando sus manadas de camellos que solían volver cada atardecer en la época anterior a la invasión para rodear a las jaimas y brindar su leche tibia y sabrosa.
A la entrada en vigor del proceso de paz del año 1991, yo vi a la gente sonreír, vendiendo las pocas ovejas que tenían y construyendo grandes baúles de madera y chapas de zink, que les servían de techo en sus casas de adobe . Yo vi como charlaban las mujeres con enorme alegría de las ciudades que habían escogido para efectuar su voto en el tan ansiado referéndum.
Con mucha tristeza vi como se desvanecieron las esperanzas de los refugiados por la organización de aquella consulta popular, debido a las sucias maniobras marroquíes.
El 13 de noviembre de 2013, contemplé como la sonrisa volvió a iluminar los rostros de mis camaradas, cuando el Polisario decidió reanudar la lucha armada para completar el sendero de la liberación del Sáhara Occidental.
Vi a los guerrilleros gustosos se incorporaban a sus trincheras, despedidos por el ulalar de las mujeres.
Cada vez que en la Radio del Sáhara se anuncia una nueva batalla, los refugiados salían a las calles para festejar la dichosa ocasión.
En el marco de esta nueva era, un anciano sin fuerzas para levantar de su lecho y con un intenso brillo en sus ojos, me dijo que  el Sáhara pronto será libre. Los rebaños volverán a pastar en los verdosos ríos y las jaimas cubrirán los llanos y praderas. Sus palabras sabias me recordaron el famoso proverbio saharaui : ve un anciano sentado lo que no ve un joven parado.
Abdurrahaman Budda
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